Mount & Do. A Pepsi-Pfizer Partnership De Tallahassee a San Martín de los Andes: aviones y autos
Aug 11

    Para cierta gente, la noción ‘tiempo y espacio’ es difícil de entender. En cuanto uno dice “3 millones de años luz”, giran los ojos y vuelven a lo suyo. Como a los misterios que no requieren atención inmediata se los ‘patea para adelante’, prevalece la noción de que más importante que adquirir conocimiento es saber dónde ir a buscarlo cuando haga falta. No los culpo. Para una gran mayoría la astrofísica es inconsecuente. Para mí es fascinante y esencial.

    La historia pareciera indicar que con pensamiento crítico, tiempo, análisis, ingenuidad y casualidad, los misterios inescrutables eventualmente dejan de serlo. Lo que una vez fue magia hoy es tecnología.

    Lo más difícil es fácil cuando uno lo entiende, me dijo una vez una profesora de programación. Muchas complejidades (dentro o fuera de la mente) se entienden reduciéndolas a partes menos complejas. Dividir es reinar.

    Es cierto que 400 años de ciencia no han logrado resolver enigmas milenarios. Es igualmente cierto (porque resulta evidente) que en la medida que la ciencia avanza, los dioses retroceden, según explicara elocuentemente Phillip Adams a Compass.

    Si lo que diferencia al homo sapiens de otros primates es la razón, o capacidad de establecer y/o descartar conclusiones, entonces sería razonable decir que el aceptar veredictos sin demandar evidencia es irracional. Tal vez la evolución sociocultural de nuestra especie recién comienza, tal vez alguna condición genética transmitida meméticamete a través de las generaciones lo impida, pero el acto de creer por fé en lo inverosímil es irracional, irresponsable y peligroso.

    Las consecuencias de la fé están a la vista. Sin embargo los seres humanos somos proclives a creer lo inverosímil y hacer lo inmoral, cuando una religión lo ordena.

    Por un lado, un día de septiembre vimos como aviones de pasajeros se estrellaban en edificios a 800 Km/hora, en lo que fuera la culminación de un operativo friamente calculado por terroristas que creyeron por fé en la existencia de un paraíso eternal y en el otorgamiento de 72 vírgenes a cada mártir de Alá.

    Por otro lado, bulos creacionistas en boca de charlatanes de moda, insisten con la noción de que ciertas “complejidades son irreductibles” y que consecuentemente, tuvieron que ser originadas por un creador inteligente. Amparados en pseudociencias como la del diseño inteligente, se nos informa que el dios cristiano es el creador de este universo; que la evidencia sobre la existencia de un creador no se consigue con metodologías científicas; que las escuelas públicas debieran incluir en el currículo de enseñanza esta nueva teoría; y que desde 1987 los crédulos son por virtud de este argumento, inteligentes.

    Por otro lado, contemplamos maravillados los resultados de la Wilkinson Microwave Anisotropy Probe (WMAP), una sonda de la NASA que estudia el espacio, midiendo fluctuaciones de temperatura observadas en la radiación de fondo de microondas, un remanente del Big Bang. Varias lecturas demuestran que nuestro universo tendría aproximadamente 13.73 billones de años, o el tiempo transcurrido entre el Big Bang y nuestro presente.

    El Universo ilustrado en tres dimensiones espaciales y una temporal
    El Universo ilustrado en tres dimensiones espaciales y una temporal (WMAP-NASA Science Team)

    Que nuestra tecnología pueda medir algo tan inmenso y lejano como los mismos orígenes del universo, no es menos que fantástico y reconfortante. Como mínimo, debiera hacernos reaccionar con indignación ante los pastores que enseñan desde los púlpitos que nuestro planeta tiene menos de 10 mil años de existencia y que los dinosaurios convivieron con los seres humanos. Tanta desinformación y mentira es inmoral y peligroso.

    Que un telescopio espacial como el Hubble capture imágenes de los albores del universo es revelador y no menos que espectacular, porque imagenes de un universo pasado son mejor observadas que descriptas. También es humillante, porque la insignificancia de nuestra misma presencia y existencia en este universo es aún mas superlativa que lo que uno podría haber pre-dicho o imaginado. Tal es el grado de nuestra insignificancia.

    La noción de que nuestro universo se expande a velocidades cada vez más altas, pudiendo culminar en un ‘nada absoluto’ es inimaginable, por no decir incomprensible.

    Y si fuera poco, mirando al cielo con un par de binoculares en una noche estrellada podemos ver Andrómeda, la constelación más cercana, que a 300 kilometros por segundo pareciera estar dirigiendose a colisionar de lleno con la Vía Láctea. A fines de 2011 la Agencia Espacial Europea tiene planeado lanzar la sonda espacial GAIA que intentaría determinar con mas precisión la astrometría de este fenómeno.

    ¿Es ésto parte del ‘diseño inteligente’ del dios judeo-cristiano? ¿Cuál sería la explicación del Discovery Institute? Sin embargo, para miles de millones de personas, la zarza ardiente es fantástico y espectacular.

    La indiferencia y antipatía de mucha gente religiosa por la cosmología del siglo XXI me desconcerta. Se de gente que lo descarta como ciencia ficción. Hay otros que sostienen es una conspiración política. Están los que insisten en creer literalmente mitos palestinos de la edad de bronce. Y después está la gente que quiere entender un poco más del tema, pero que ante la dificultad se rinde y vuelve a lo suyo.

    Para estos últimos van mis 5 centavos al respecto.

    En astronomía o astro-física, una gran barrera siempre han sido las mediciones grandes. Al ser humano le resulta complejo lo abstracto. Lo que no puede imaginar o visualizar. ¿Cómo simplificar tiempo y espacio cuando hablamos de miles de millones de años o billones de kilometros? Una manera obvia es reduciendo su escala.

    Si establecieramos por ejemplo, que la edad del

    Big Bang = 13.730.000.000 de años = 1 año,

    lo que estamos diciendo es que desde el Big Bang hasta nuestro presente habría transcurrido el equivalente a un año terrestre. Todos entendemos un año en términos temporales. Constantemente lo subdividimos en meses, días, horas, minutos, segundos, etc., que son unidades comunes.

    Usando esa escala, entonces podríamos decir que

    • el universo nace el 1 de enero a las 00:00 horas;
    • vida surge el 4 de septiembre;
    • los dinosaurios aparecen el 25 de diciembre pero viven solo 5 días;
    • los seres humanos aparecemos 2 minutos antes de la medianoche del 31 de diciembre;
    • Jesucristo nace 2 segundos antes del nuevo año;
    • Galileo  menos de 1 segundo antes del comienzo del nuevo año, e increiblemente,
    • hemos estado haciendo ciencia por menos de ½ segundo.

    Podríamos subdividir el último segundo del año en décimas, centécimas, etc., si quisieramos establecer momentos históricos específicos y cercanos, pero debiera resultar obvio que…

    …si todavía no hemos encontrado respuestas para las preguntas difíciles, ¿no será porque recién empezamos? ¿no será que estudiando de manera verificable por otro ½ segundo nos revelará secretos sobre nuestra existencia y la inmensidad que nos rodea?

    Manteniendo la misma escala. Si durante un año hemos hecho ciencias por 1 de los posibles 31.536.000 segundos disponibles (525.600 minutos, 8.760 horas) para analizarlo, la comparación debiera animarnos a mantener la calma y viva la esperanza, de que si no somos nosotros, tal vez sean nuestros decendientes los que descubran misterios que hoy nos evaden.

    Un 25 de agosto de 1609, hace 400 años, Galileo mostraba a unos comerciantes venecianos su nueva creación — un telescopio — instrumento que le traería inmortalidad a largo plazo y muchos problemas con el obispo de Roma en el corto plazo. En el siglo XVII los pensadores del Renacimiento, convencidos que el geocentrismo de Ptolomeo ya era insostenible, deciden pensar distinto (Aristarco y Copérnico lo habían hecho mucho antes) y proponen lo que ya era demostrable con las matemáticas e instrumentos de la época, que el sol NO giraba alredor de la tierra, sinó que era al revés (heliocentrismo).

    Gracias a Francis Bacon, Johannes Kepler y Galileo Galilei, a quien Stephen Hawking atribuye más que a ningún otro el nacimiento de la ciencia moderna, hoy podemos encontrar cuatro siglos de ciencia, descubrimiento y esperanza en nuestra historia reciente.

    400 años = un segundo

    Con un segundo de ciencia en 2009 sabemos muchísimo más, exponencialmente más, sobre este planeta, el inmenso universo que lo contiene, el ácido desoxirribo-nucleico (ADN) que da forma a todas las células vivas, que cuando Jesucristo, Mahoma, Galileo, o Newton aparecen en escena con sus revelaciones y descubrimientos.

    Con un segundo de ciencia nuestro conocimiento no solo crece, sino que lo hace exponencialmente, lo que debiera alegrarnos, porque sería posible suponer que nuestros nietos no deberían ocuparse en resolver lo que hoy nos preocupa a nosotros (o sí)

    Con un segundo de ciencia, la teoría de que una singularidad tecnológica podría producirse durante los próximos 100 años no solo es posible, sino que tal vez sea inevitable, lo que implicaría suponer un inminente cambio de paradigma. Y más preguntas.

    Responderlas ya no sería nuestra responsabilidad.

    Sí lo es, el que aceptemos el milenario desafío de Sócrates a vivir nuestras vidas examinándolas cada día a la luz de la evidencia disponible.

    Voilá. Feliz veranito.

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